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Las tiendas de bricolaje, de hágalo usted mismo, irrumpieron hace tiempo en nuestras vidas. Seguro que recordamos que antes si necesitábamos un armario para la cocina íbamos a un carpintero, si queríamos instalar un cuarto de baño nuevo íbamos a un albañil y a un fontanero, etc. Esto profesionales tenían el conocimiento, la experiencia y los materiales y herramientas necesarios. Sin embargo, las nuevas grandes superficies del bricolaje permitieron que las personas sin especiales conocimientos en estas profesiones tuvieran al alcance las herramientas y materiales, pero no así la experiencia y el conocimiento.

Esta circunstancia podía hacer que los clientes se echaran para atrás y les diera miedo meterse en estas materias. Así que para superar este obstáculo, se organización demostraciones, se hicieron tutoriales, se redactaron manuales de instrucciones de montaje detallados, se editaron libros con el llamativo nombre “xxxx for dummies”, etc. Y el último escalón fue el uso de la red a través de you tube, realizado por las mismas grandes superficies u otras personas en principio desinteresadas, para  explicar cómo hacer los arreglos del hogar. Para acabar convirtiéndose estos pequeños arreglos en obras y reparaciones cada vez más complicadas en un alarde de atrevimiento.

Al final los grandes beneficiados fueron las grandes multinacionales del bricolaje y los clientes que se ahorraron la mano de obra. Sólo había un gran perjudicado: el profesional, el albañil, fontanero, etc.

Estos profesionales sólo podían dedicarse desde entonces a dos cosas: obras verdaderamente complejas que requirieran algún tipo de autorización administrativa y obras de reparación de chapuzas que los clientes de hágalo usted mismo hubieran podido cometer.

Chapuzas martillo

Llevada esta reflexión al mundo de la consultoría vemos que sucede más o menos lo mismo. Las herramientas y materiales son de muy fácil acceso. En este sector quizá es lo que menos cuesta. Todo el mundo tiene un ordenador primando en la consultoría sobre todo el conocimiento y la experiencia. Son los llamados trabajadores del conocimiento quien protagonizan esta actividad. Y ahora viene el hágalo usted mismo en consultoría.

Por ejemplo, si se quiere implantar un sistema de gestión basado en el estándar OHSAS 18001:2007, los profesionales ajenos al sector y apasionados del hágalo usted mismo deciden leerse la norma. Es probable que en una primera (y segunda, tercera…) lectura no lleguen a entender muy bien lo leído, por lo que el siguiente paso suele ser ir a buscar algún sistema de gestión en la red que esté a ser posible en word y copiar y pegarlo. Una vez hecho esto, lo habitual es cambiar el nombre de la empresa, la actividad, el alcance, los procesos, etc. Es como comprarse un traje pequeño (o grande) e ir añadiéndole trozos de tela o quitándole bolsillos o retales para ver si se ajusta al cuerpo del cliente. Lo normal es que el resultado final sea un desastre. Si una vez que hemos hecho este apaño vamos a un sastre a que nos lo arregle, este se echará las manos a la cabeza y dirá que no puede hacerlo y que es mejor hacerle un traje nuevo desde el principio y que tire a la basura esa ropa que le trae.

Lo mismo pasa con el sistema de gestión que hemos indicado antes. Sólo nos podrá salvar un particularidad: siguiendo con el ejemplo ¿para qué nos hemos hecho un traje? o ¿para qué hemos implantado OHSAS?. Si nos hemos hecho el traje para ir a una fiesta de disfraces, valdrá el apaño que hemos hecho. Si nos certificamos en OHSAS por los puntos que nos dan para poder acceder a un concurso público, pues también valdrá el apaño (aunque no sirva para ninguna cosa más).

Esta osadía además, se ve facilitada en el mundo de la consultoría también por las redes sociales. Desde alguien que sube a Linkedin el plano de su empresa preguntando dónde poner los extintores (verídico), hasta personas que realizan preguntas muy concretas esperando la contestación gratuita de los participantes de las redes sociales. Y sorprendentemente reciben numerosas respuestas aunque la mayor parte de las veces, lejanas a lo que sería un asesoramiento profesional.

Y lo mismo ocurre con sistemas de Seguridad Basada en la Conducta o Behavior Based Safety, o con cualquier otro servicio: medioambiente, calidad, responsabilidad social corporativa, etc.

Las excepciones ante está tendencia actual son fundamentalmente debidas a 2 razones: 1: que el cliente reconozca que no se puede ser experto en todo y que mejor dejarse asesorar, y 2: que no disponga de suficientes medios. Volviendo a otro ejemplo, aunque sepamos algo de albañilería y fontanería, es difícil que intentemos un hágalo usted mismo a la hora de construir un hotel. Necesitaremos ayuda. Exactamente sucede cuando se quiere implantar por ejemplo un sistema SBC o BBS a nivel nacional o internacional y no se dispone de ayuda suficiente en la organización.

Y por último, surge la pregunta…. ¿qué puede hacer el experto ante esta situación?. En mi opinión, es difícil poner puertas al campo, así que debemos hacer lo de siempre: ser profesional, no hacerse imprescindible, en su caso desarrollar la formación lo mejor posible, ilustrando con numerosos ejemplos y realizándola lo más amena y práctica que se pueda, ser diligente, puntual, etc. y por último proponer un oferta de valor para la empresa. Si el cliente aprecia este valor contará con él, si no, lo hará el mismo.

 

 

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